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El Super
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La velocidad, el unico vicio del siglo XX
Desde la cátedra de San Pedro deberían valorar muy seriamente la posibilidad de considerar la velocidad el octavo pecado capital. Hasta ahora la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia eran capaces de describir aquellas tendencias pecaminosas frente a las que los seres humanos nos dejábamos arrastrar para experimentar los pequeños placeres de la vida.
Pero la velocidad es un nuevo concepto en la vida de los hombres. Es el único vicio desarrollado en el siglo XX, es una tentación nueva para la humanidad. Nuna antes en la historia hubo necesidad y posibilidad de poder experimentar con ella. Los hombres y mujeres se levantaban cuando salía el sol y se acostaban cuando éste se ponía, los tiempos eran los tiempos de las cosechas; los ritmos, los ritmos de las estaciones, había que sembrar cuando había que sembrar y había que recoger cuando había que recoger. La prisa no formaba parte de la vida de la humanidad. Sin embargo, esto cambia con la revolución industrial, con la producción y con la llegada de las máquinas, es entonces cuando la prisa y por lo tanto la falta de tiempo se apodera del espíritu colectivo.
Y aqui aparece la velocidad como deseo, como impulso, como límite. Y acontece que el hombre necesita ganar tiempo, que el ser shurmano necesita arañar segundos a su día, obtener una ligera ventaja frente al resto. Y en el proceso de ganar tiempo a través de la velocidad, descubre que retoma la pasión ancestral por experimentar el límite de su capacidad de control. El ser humano se siente más vivo cuando cree perder el control, cuando no sabe lo que va a suceder, cuando su pericia, su habilidad, su fuerza o su inteligencia están en el límite de su rendimiento. La adrenalina corre por las venas, tensa nuestros músculos, acelera nuestro corazón, dilata nuestras pupilas y en definitiva nos hace sentir intensamente vivos durante unos momentos. Todo esto nos lo da la velocidad encarnada esencialmente en el automóvil, objeto de deseo alcanzable para casi todo mortal.
Y sucede con la velocidad lo mismo que con el resto de pecados capitales, es el exceso el que convierte el deseo en pecado, la tendencia en obsesión y el placer en dolor. Al igual que con el resto de pecados capitales, necesitamos una virtud que coloque al deseo, al impulso y a la tendencia en un lugar en donde podamos sentir la velocidad sin que se convierta en dolor. Esa virtud podría ser la responsabilidad, también la templanza, quizá la paciencia o tal vez la humildad o la prudencia, no sé, dejemos ese trabajo a la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Nosotros, entre tanto, seguiremos disfrutando de este octavo "pecado capital", eso sí, mientras la confesión no nos devuelva los puntos del carné, conviene no cometer excesos, no sólo por el bien de nuestras almas, sino por el diben de todos los que estamos en la carretera. Precaución, shurmano conductor.
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